Ir a ver cómo está hecho el mundo

Actualizado el martes, 11 agosto, 2020

Ir a ver cómo está hecho el mundo

Por Andrea Calamari

Un recorrido por la literatura de viajes. Capítulo uno: por qué viajamos, por qué contamos.

El primer narrador

El hombre está seguro, la cueva le da cierto calor y también algo de confort. El hombre sale a buscar comida y vuelve. Un día el hombre siente que debe haber algo más que esa salida periódica en busca de alimento, siente ese cosquilleo dentro que es la sangre agitada, no la de la carrera o la lucha cuerpo a cuerpo con otros animales más fuertes o más débiles que él, siente en la sangre algo nuevo e indistinguible. El hombre está parado en el umbral que es la entrada a la cueva: están todos a salvo, hay refugio, hay comida, hay calor, y el hombre mira hacia afuera en ese umbral que es también una salida. ¿Por qué no?, se pregunta.

 

Desde el momento en que el hombre es algo más que músculos piel pelos y hambre, quiere conocer y saber qué hay más allá. El viaje es una maquinaria que se pone en funcionamiento con el primer paso, una maquinaria que produce preguntas como respuesta al extrañamiento: ¿qué hay más allá?, ¿qué es esto?, ¿quién es ese otro que no soy yo?

La historia de la evolución de los homínidos es una historia de viajes, o mejor, de desplazamientos: el que busca comida, alimento y seguridad, un mejor lugar para vivir, el aventurero que quiere conocer y descubrir, el que quiere explorar, el conquistador y el comerciante, el explorador que busca más allá del límite, el que huye y se refugia, el que pasea, el que sale a ver y vuelve, el que quiere descifrar el mundo y se descifra a sí mismo. Y cada uno de los que se ha desplazado ha contado la experiencia a otros. Hay diferentes tipos de viajes, con y sin regreso, pero no hay viajes que no provoquen relatos: apuntes, notas, diarios, cartas, códices, bitácoras, memorias, catálogos, cuadros, paisajes, retratos, estampas, crónicas, fotos, poemas, twits, posteos, semblanzas, comentarios. 

Quien viaja deja constancia.

La literatura viajera es la más antigua del mundo; el relato que el nómada comparte con la gente convocada alrededor del fuego tras su regreso. «Esto es lo que vi»: noticias del mundo exterior, con lo raro, lo extraño o lo chocante, y con cuentos sobre bestias u otras gentes. «¡Son iguales que nosotros!» o «¡No se nos parecen en nada!». Paul Theroux

Viajar y volver para contar es el origen de esa literatura que es la más temprana de nuestra especie. El hombre vio animales que no se parecían a él y los dibujó con sus manos en sus cuevas, vio otros animales parecidos a él, los vio en manadas y los vio alejarse, vio grupos de hombres que se quedaban en un lugar y armaban sus refugios como si fueran permanentes, los vio tirar semillas en la tierra y recoger los frutos, los vio cuidar animales para después comérselos, los vio tallando en piedras grandes unos símbolos que no se parecían a nada de lo que había visto, los vio y escuchó contando historias sobre cada paso dado hasta llegar a este tiempo y lugar.

El nacimiento

Los antropólogos de la Universidad de Duke, en los Estados Unidos, estiman que el hombre de Neanderthal, que habitó la tierra hace más de cuatrocientos mil años, poseía el don de la palabra. Esta novedad podría contestar una pregunta que hasta hoy no tenía respuesta.

Para encontrar esa respuesta habrá que retroceder hasta una tribu de Neanderthal, una noche en especial. Los hombres y mujeres están alrededor del fuego, buscan calor y celebran el fin de otra jornada.

A la mañana de ese mismo día, los hombres habían partido de caza en busca de alimentos. Las mujeres, en tanto, cuidaban a sus críos. Ahora que el sol ya se fue, es tiempo de descanso y de contar las experiencias del día. Cada hombre dice cómo atrapó a la presa que perseguía. No saben mentir.

Pero para uno de estos hombres la caza había sido un fracaso.

Cuando llega su turno, no tiene proezas para contar. Entonces decide inventarlas. Miente una cacería imposible. Lo hace con tal perfección que transforma una mentira en una historia bella y apasionante. Todos piden que la repita.

Aquella noche, sin saberlo, ese anónimo hombre de Neanderthal acaba de inventar la literatura.

Vicente Battista

¿Por qué se cuentan los viajes? Ricardo Piglia imagina y cuenta:

Podemos imaginar que el primer narrador se alejó de la cueva, quizá buscando algo, persiguiendo una presa, cruzó un río y luego un monte y desembocó en un valle y vio algo ahí, extraordinario para él, y volvió para contar esa historia. Podemos imaginar en todo caso que el primer narrador fue un viajero y que el viaje es una de las estructuras centrales de la narración; alguien sale del mundo cotidiano, va a otro lado y cuenta lo que ha visto, la diferencia.

Ricardo Piglia

Contamos los viajes porque contamos todo: lo que se vivió, lo que se vio, lo que se encontró, lo que se escuchó, lo que se deseó, lo que se especuló, lo que se pensó, lo que se imaginó. El imaginario maravilloso ha producido tantas líneas como lo visto y oído. Hay un mundo pequeño y familiar que se conoce y nos pone a salvo, un mundo que nos ofrece garantías, nos habla en nuestra lengua y nos muestra un rostro reconfortante. Hay este y hay otro mundo, del que sabemos nada e imaginamos todo: más allá de la caverna, más allá de la isla, más allá del Mediterráneo, más allá del Imperio, más allá del desierto, más allá de Europa, más allá del océano, más allá de los polos, más allá de la atmósfera hay un mundo que ha convocado al hombre a salir y recorrer porque más allá es el territorio de lo desconocido y peligroso, pero también de las maravillas. Por eso queremos ver. Por eso seguimos buscando la Atlántida, aquella isla grande y poderosa que desapareció misteriosamente en un solo día y una noche terrible.

No había que inventar nada

El problema para el narrador primitivo, cuando quiso contar algo más que una anécdota o una biografía, debe haber sido la falta de términos discretos en la experiencia. En efecto, el continuo de la vida que vivimos no tiene divisiones (o las tiene en exceso). El narrador tuvo que inventar principios y fines que no tenían un correlato firme en la realidad, y eso lo llevó a fantasías o convencionalismos, algunos tan imperdonables como terminar las historias de amor con una boda. Pero ahí estaban los viajes, que eran un relato antes de que hubiera relato: ellos sí tenían principio y fin, por definición: no hay viaje sin una partida y un regreso. La estructura misma del viaje ya es narrativa. Y como salir de la realidad cotidiana ya tiene algo de ficción, no había que inventar nada –lo que permitía inventarlo todo.

César Aira

Entonces no se escriben los viajes como se puede sino como el propio viaje prescribe porque hay una adecuación entre el objeto y sus mecanismos de representación: el propio viaje es un relato. Aira dice que la realidad de los viajes es la ficción que los cuenta: para que la realidad revele lo real, debe hacerse ficción. El viaje mismo tiene la estructura de una narración, la dispositio de una narración con una partida, una serie de peripecias (un cambio) y un regreso: comienzo, nudo, desenlace. 

 

¿Cómo se cuentan los viajes? Un relato es siempre una puesta en discurso, algo así como una suma de decisiones en la que no da lo mismo de qué manera contamos lo que contamos, con qué lenguaje, mediante qué procedimientos, cuál es el principio y cuál el cierre. El viaje es la matriz de la ficción porque tiene en sí mismo una estructura narrativa de la que surge, naturalmente, un relato. Al fin y al cabo todo relato es también un viaje con punto de partida.

Son los relatos de viajes, como el Neanderthal anónimo que salió de su cueva para cazar y no cazó, entonces imaginó lo que sus compañeros querían escuchar o lo que a él le hubiera gustado encontrar, el origen de toda ficción narrativa. Relato fundacional: el viaje funda la escritura. Contamos porque viajamos. 

Benjamin dice que en el origen de los relatos hay dos raíces: artesanos y mercaderes; unos cuentan la tradición, los otros lo que encuentran lejos. Piglia dice que hay dos relatos básicos de los que se desprenden los demás: el de la aventura y el del conocimiento (la peripetia y la anagnórisis, de Aristóteles) cuyos héroes emblemáticos son Ulises y Edipo. Hay alguien que se aleja de su hogar y, errante, vive aventuras mientras añora lo que ha perdido, ese es Ulises; y hay alguien que, intentando descifrar un enigma, se descubre a sí mismo, ese es Edipo. Ulises y Edipo son dos arquetipos de hombres que viajan para saber.

Aventureros y descifradores.

Y ahí están los relatos para que todos sepamos lo que los viajeros vivieron de modo que viajar y leer se convierten en dos modos de descubrir lo que no somos y desconocemos. La vida como viaje es, probablemente, la metáfora más usada en la literatura universal.

 

Trasladarse de un lugar a otro no siempre es lo mismo que viajar. El viaje, dice Aira, por preformado, corre el riesgo de la ilusión de transparencia, de ocultar sus estrategias narrativas. Todo relato de viaje, entonces, puede leerse como una alegoría, aún los basados en sucesos reales, ya que todo viajero está sometido a algún tipo de alteridad y descubrimiento: los otros o sí mismo como otro.