La fugacidad de un instante

Actualizado el jueves, 22 julio, 2021

La fugacidad de un instante

Texto e imágenes por Rocío Blati

Como atesorar un recuerdo.

Cuando pienso en las casas donde viví me doy cuenta de que por cada una tengo, por lo menos, una imagen.

La que tenía una puerta como la de las películas de cowboy para entrar al pasillo.

La del árbol desde donde veía el techo de mi casa y todo el jardín.

La que tenía un banco de plaza en el patio donde tomaba sol en invierno.

La de la terraza con las luces cálidas de la calle en plena noche.

La que tenía la habitación chiquita con cortinas celestes y no se escuchaba nada de lo que pasaba en el resto de la casa.

La del reflejo de luz en la pared. Donde todos los días soleados veía entrar un reflejo de luz que venía del edificio de enfrente, se iba agrandando junto con las sombras de las plantas de mi mamá. 

Esas son algunas de las cosas que uno no puede llevarse de las casas que deja de habitar. ¿Cómo retener, en algún otro lugar además de la memoria, las pequeñas cosas que hacían de esas casas un lugar particular?

Mis espacios son frágiles: el tiempo va a desgastarlos, va destruirlos: nada se parecerá a lo que era, mis recuerdos me traicionarán, el olvido se infiltrará en mi memoria.

Perec (2001)

Me pregunto ¿qué significa habitar un lugar? ¿Cómo me apropio de él? ¿Cómo atesorar esas cosas que no son objetos? ¿Qué voy a extrañar cuando me vaya? ¿Con qué me voy a encontrar en la casa a la que llegue? ¿Qué particularidades va a tener la puerta para poder abrirla? ¿Cuál va a ser el secreto para regular el agua de la ducha? ¿El piso será frío? En su silencio, ¿qué voy a escuchar: el ruido de los autos, la vecina, los pájaros?

Por un lado estoy yo y mi-casa, lo privado lo doméstico (el espacio recargado con mis propiedades: mi cama, mi alfombra, mi mesa, mi máquina de escribir, mis libros, mis números descabalados de “La Nouvelle Revue Francaise”), por otro lado están los demás, el mundo, lo público, lo político.

Perec (2001)

Casi como un ejercicio, entro a casas que no son mías y me pregunto lo mismo. Miro los detalles. Siento que los detalles me cuentan cómo vive la persona a la que estoy visitando: los imanes de la heladera, los objetos del baño, las plantas del balcón, los libros sobre la mesa, los adornos de viajes.

¿Es posible, más allá todavía, restituir no solamente el timbre de las voces, la inflexión de las voces queridas que se han callado, sino también la resonancia de todos los cuartos de la casa sonora? 

Bachelard (2012)

La palabra no basta, la imagen no basta, el video no basta,  parece que sólo el sonido puede evocar a nuestra propia puerta. ¿Es posible descifrar si es el sonido de una puerta abriéndose o cerrándose? ¿Cuán afinado está nuestro sentido de la escucha? ¿Podemos distinguir si el sonido de las llaves acercándose es el de la puerta que esperamos que se abra?

Todo un abismo detrás de la puerta, imaginando qué hay afuera acercándose. Siempre ambigua, ocupando ambos lugares; instalada en un umbral, sin estar ni de un lado ni del otro. Me pregunto qué lugar ocupa la puerta.

Las llaves

pesadas

cargadas de puertas

separadas según su lugar o función

las que tienen una marca

las que llevan llavero

con diferentes formas

en el ojal

en el cifrado 

en su largo

las llaves que no suenan.

¿como ser preciso? No se trata de abrir o no abrir su puerta, no se trata de <<dejar su llave en la puerta>>; el problema no es que haya llaves o no: si no hubiera puerta, no habría llave. 

Perec (2001)

Las cosas permanecen y nosotros transitamos, nos movemos de un lugar a otro. Dejamos de prestar atención a los detalles, o simplemente a las cosas que están ahí sin ser usadas: el picaporte, la cerradura, la llave. Ni siquiera cuando las usamos vemos lo que las hacen únicas. 

Una memoria automatizada nos lleva a buscar las llaves casi sin mirar, a colocarla en la cerradura, a dar la cantidad de vueltas necesarias y a cruzar el umbral. Sólo en el momento en que las llaves dejan de funcionar en su desperfecta perfección, revisamos nuestros movimientos, volvemos unos segundos atrás en la cinta de la memoria para ver si estaba bien puesta la llave, si estamos en el piso que corresponde.

Al coleccionar, lo decisivo es que el objeto sea liberado de todas sus funciones originales para entrar en la más íntima relación pensable con sus semejantes. 

Benjamin (2004)

¿Cómo convertirse en un coleccionista de lo que no puede ser guardado en una cúpula de cristal?

Empecé a escribir instrucciones para abrir puertas que alguna vez crucé: puertas con llaves, propias o prestadas.

tomar la llave

poner la marca mirando hacia arriba 

colocar la llave en la cerradura

girar la llave una vuelta, levantando la puerta levemente desde el picaporte 

girar la segunda vuelta

girar media vuelta más mientras estirás del picaporte

abrir la puerta 

sacar la llave 

pasar

cerrar

Tenía descripciones, pero había algo que perdía. El sonido. Comencé entonces a grabar el sonido de esas puertas abriéndose. Aquí operaba distinto. Se volvió un ejercicio poder reconocer en ese sonido cada movimiento. Se convertía en incertidumbre no poder vincular el sonido con una acción en particular.

Ahí me di cuenta que faltaba la imagen.

Usé una cámara en movimiento, como si fueran mis propios ojos que miraban la cerradura que tenía que abrir. Ya no era la memoria la que tenía que recopilar minuciosamente los movimientos. El sonido, el material y el color de las llaves, la forma del llavero, el cambio de luz al abrir una puerta, el piso, los objetos que se ven en el interior de la casa.

Al escribir, grabar o filmar estaba convirtiendo una acción en un objeto coleccionable.

El objeto puro, desprovisto de función o abstraído de su uso, cobra un status estrictamente subjetivo. Se convierte en objeto de colección. Deja de ser tapiz, mesa, brújula o chuchería para convertirse en “objeto”. 

Baudrillard (1969)

Epígrafe

El tiempo

en la luz 

en la voz

en el reloj

en el sonido

en lo que se desvanece

pero pareciera que nunca podría percibirlo en lo que permanece.

¿Cuándo siento el tiempo?

Lo siento en el cuerpo cuando lo exijo más de lo que puedo, cuando la alarma del celular suena a la mañana repetidas veces y me niego a levantarme. Deseo que el tiempo se extienda y no sucede. Lo siento cuando espero. Pero no cuando lo contemplo. No lo siento cuando mi cuerpo está cómodo, ni cuando mi mente entra en una vorágine de pensamientos.

Veo el tiempo. A veces lo siento.

Cuando sospecho que el tiempo no transcurre y se detiene, cuando la luz de mi ventana no produce modificaciones lumínicas, el sonido me devuelve el tic tac del segundero moviéndose: los autos circulando, las personas hablando.

Espero un día, el día, cuando el reflejo del sol entre por mi ventana. Corro las cortinas para que suceda. Pero yo no decido cuándo sucede.

Por eso espero.

luz 1 Del lat. lux, lucis.

1. f. Agente físico que hace visibles los objetos.

Esa luz que aparece no solo me permite ver los objetos, sino también la luz en sí y lo que pasa afuera, como una aproximación a una cámara oscura. 

Puedo ver un pájaro que pasa velozmente detrás del vidrio.

Puedo ver el atardecer en las paredes de mi casa.

Una luz naranja, recortada por el marco de la ventana. 

Una luz naranja que avanza, que se mueve lentamente. 

Una luz que muta, que cambia de forma. 

Veo formas circulares.

Veo cómo esa luz naranja hace más celeste o más azul a esa pared blanca. Veo cómo esa luz cambia el color de los objetos. Veo que a medida que desaparece ese reflejo todo se comienza a desaturar. Pierde su color. Se funde en la negra oscuridad.

Pienso en la luz y en su ausencia. ¿Cuánto tardan mis ojos en volver a ver cuando se acostumbran a la oscuridad? 

¿Cómo hacer dudar a los párpados, cómo saber si están cerrados cuando en realidad están abiertos?

¿Qué me asegura que está todo ahí cuando mis ojos se abran?

Lo que aparece y lo que se desvanece.

¿Qué se desvanece cuando la luz se va?

Epígrafe

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva: arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o  algunos signos.

Perec (2001)

Filmar la nada, sabiendo que sucederá algo, como una predicción. El estudio de un suceso. Todo sucede en una toma. Preveo la aparición de algo que aún no existe, lo que puede aparecer y quiero tomarlo, poseerlo, para no perderlo.

Miro y todo sucede muy rápido si relativizo el tiempo de la luz. Aparecen sombras que antes no estaban, reflejos que cambian su tonalidad y desplazamiento.

Primero veo eso y después, cuando el tiempo pareciera no transcurrir, aparecen otras cosas: la planta, la aguja del reloj, los números que marcan la hora, los autitos de colección sobre la mesa y sus diminutas ruedas. También el recuerdo de alguien que ya no recuerdo. Después el contorno del sillón al cual nunca había observado tanto. La música que pareciera conducir a otro tiempo, pero que me vuelve a traer a la realidad cuando anuncia la hora, el tránsito y las noticias que, para esa radio, parecen relevantes. Si pienso en lo que está sucediendo pasa lento. Pero rápido, cuando veo el tiempo ya transcurrido. 

Y todo eso que comencé a ver, que antes no veía, empieza a desaparecer.

Me quedo mirando cómo se desvanece la imagen, cómo se desintegra, como si fuese una película apocalíptica. La oscuridad lo inunda todo lentamente. Si esfuerzo mi vista puedo ver algunas de esas cosas en la oscuridad, como una pintura barroca donde los objetos aparecen desde la negrura.

Pero llega un momento donde no veo, sospecho. Supongo que esas cosas siguen ahí, y supongo que esa línea es del respaldo del sillón, y ese plano blanco es la maceta de esa planta.

No.

Lo único que no se desvanece es el sonido. Sigue ahí en pie. Es el único indicio que me revela que todo sigue ahí, aunque yo no pueda probarlo.

Lo que pueda registrar una cámara, me excede. Hay una especie de contrato secreto con el dispositivo de registro. Aprieto el disparador y confío en que en esa película quedará grabada una imagen o un video de lo que deseo que no se desvanezca.

Impongo a mi cuerpo permanecer mirando.

Nunca se duplica lo que veo.

¿Qué quiero registrar entonces? Es acaso un registro de un imposible.

Eso intento.

Epígrafe