Actualizado el jueves, 5 noviembre, 2020

Crónica de vuelo

Por Clara López Verrilli

Fotos: Clara López Verrilli

Sobre lo que sucede yendo de un punto "A" hacia un punto "B"

“A las 6:10 del día domingo el servicio de Tienda León pasará por su domicilio en calle Maipú al 1500 para su traslado Rosario-Ezeiza…”
Casi no dormí por miedo a no escuchar el despertador. Puse cuatro alarmas en el celular y las puse mucho más fuerte de lo que acostumbro.
Fue la primera vez que me despertó una alarma saturada.

En el Tienda León sí dormí. Pero antes me dieron un paquete de ¿desayuno? que tenía un jugo de naranja, unos sanguchitos de miga (de esos que vienen en un pack de 3) y un caramelo. Lo más grande era un sticker de un León anaranjado. Pensé en postearlo con la frase “A Lannister always pay their debts”, inmediatamente me pareció una pavada y apagaron la luz.
En el colectivo viajamos cuatro mujeres más los dos choferes. Todo un colectivo, todo un viaje, para cuatro personas. Con razón te cobran así.
“Vamos a parar quince minutos a cargar combustible. Pueden bajar para ir al baño” No sé en qué momento dijeron eso. Yo lo escuché pero ni abrí los ojos. Cuando me desperté ya estábamos en el aeropuerto. Sentía que mi cara ocupaba el doble de espacio y no veía nada. Había una niebla que parecía un filtro de Instagram.
Bajé última (no era difícil) y me dieron mi equipaje. Cuando viajo (que no es muy seguido) uso palabras como “equipaje” con mucha naturalidad. “Abordar” es otra (pero para eso faltaban 5 horas).

Entre Buenos Aires y Santiago de Chile hay mil cuatrocientos kilómetros. Viajando por la Ruta Nacional Nro. 7 se estima un viaje de quince horas y cincuenta y siete minutos. Si todo va bien yo voy a llegar a Santiago después de un vuelo de una hora cuarenta.

El desk de Air Canada no está habilitado todavía. Como no había tránsito llegamos al aeropuerto a las 10.15 y no a las 11. El ckeck-in y despacho de equipaje se podrá hacer a partir de las 13 horas. “Lo mejor que te puede pasar en un aeropuerto es hacer tiempo”, me dice Ale en un mensaje de WhatsApp. Ella me espera junto a Adriano y Olivia en Santiago.

 

Empieza a llegar gente. Primero un matrimonio con dos nenes, después un grupo de gente más grande, después unas seis chicas que se despiden de otras dos que las acompañan y les sacan fotos, uno con una guitarra, dos chicos super rubios. ¿Dónde es el check-in de Air Canada? ¿No hay nadie todavía? ¿A las 13 recién? A los primeros les respondo, después evito el contacto visual. Todos empiezan a ponerse en una fila que empecé sin darme cuenta.

 

“Andá y yo te espero, tengo mi libro” dice una mujer levantando una revista de crucigramas. Unos hermanos se pelean, luchan, el padre los mira y no dice nada. Pasa un grupo de azafatas con trajecitos azul marino y corbatones rojos. Sus zapatos son todos iguales. Clásicos. Azules. Con un detalle a la altura del tobillo en color rojo. Divinos. Todas llevan una valijita con ruedas y encima una cartera cuadrada. Todo lo llevan de la misma manera. ¿Les dirán cómo se tienen que mover? Seguramente. Hablan español pero no es castellano. Acompañan a tres pilotos. Se ríen. Inmediatamente me acuerdo de la película Atrápame si puedes y de Anita Miller en Almoust Famous. Pasa el tiempo y me sigue gustando ver esa película. Estoy ansiosa, ya son casi las 13 y me gustaría tener otro trío de sanguches.

 

Empieza a haber movimiento. Todos miran para todos lados y hablan más fuerte. ¿Vos sos la primera?, me preguntan, pasaporte, me piden.

– Tu mochila es muy grande, la vas a tener que despachar

– Pero otras veces la llevé arriba

-Probala allá y si yo veo que entra la podes llevar con vos

(Ya sé que no entra. No sé para qué intento meter una mochilota de casi cincuenta centímetros en un armazón de casi cuarenta). La despacho. Me preguntan si tengo objetos punzantes, líquidos o geles inflamables. Un “no” verdadero a lo primero y un “no” falso a lo segundo. Confirmo que mi asiento es el que elegí en internet y me dan mi ticket de embarque. “Subiendo la escalera mecánica, a la derecha llegas a migraciones”. Son las 13:05 y antes de subir está McDonald’s.

 

Para el control de aduana hay que sacarse los zapatos y el abrigo. Pasar el bolso de mano por un escáner mientras uno pasa por un detector de metales. Todo parece berreta en este control. Una oficial me cachea, es como entrar a la cancha pero todo es más oscuro. La luz es amarillenta, podría ser de noche. Me siento en un banco a atarme los cordones. Veo algo parecido a una urna de acrílico llena de tijeritas escolares, alicates y limas metálicas. Avanzo a migraciones, el siguiente control. Acá es donde te ponen el sellito en el pasaporte, te sacan una foto y te toman la huella dactilar (esa que implementó Randazzo y que hace que en 28 segundos completes el trámite que antes se hacía llenando la tarjeta de migraciones). Treinta segundos más tarde estoy caminando en el free shop hacia la puerta número 10.

 

Hay varias hileras de asientos. El piso está alfombrado en color gris con manchas azules y rojas. Sobre esa alfombra hay dos nenas que dicen estar haciendo gimnasia. Yo sólo veo que están apiladas. “Está todo lleno de microbios” les dice la madre. El padre les saca fotos con el celular. Suena una música insoportable. Una chica que está sentada a mi derecha se sabe todas las letras. Las canta, moviendo los labios, sin hacer sonidos. Yo veo los aviones y los carritos y los colectivitos que circulan por ahí abajo. En toda la sala hay un solo libro. Hay once personas mirando pantallas. Un hombre se acerca a ver los aviones. Los que trabajan ahí abajo tienen chalecos de esos fosforescentes naranjas y verdes. Están agrupados por color, parecen de dos equipos. Una chica busca un enchufe para conectar su celular. Se sienta al lado mío. De a ratos manda mensajes en cuclillas. Busco chicles que por suerte traje (un alfajor sale 65 pesos acá). Uso mi alcohol en gel no declarado y hago esta lista en mi anotador. Hay dos sillas de ruedas y un paraguas.

Llega el avión. Es celeste con las alas blancas, simpático. Es como un dibujito animado, parece que tiene una cara. Veo hipnotizada como le conectan lo que en un ratito vamos a usar como puente. Empieza a bajar gente, baja un equipo de ¿fútbol?, todos con sus conjuntos de gimnasia iguales con un escudo de rayas blancas y rojas verticales bordado. Tendría que googlearlos para saber quiénes son. Bajan las azafatas con otros trajecitos y suben los de los chalecos verdes con baldes y aspiradoras.

 

“Su atención por favor, bienvenidos al vuelo de Air Canada 093 destino a Santiago de Chile y Toronto, invitamos en este momento a embarcar por puerta número 10 a pasajeros de línea ejecutiva, lead, super lead…”

 

Espero mi turno y subo. Atravieso medio avión hasta llegar a la clase turista y busco mi asiento. Ojalá no me toque nadie al lado, pienso. Fila K butaca 16, del lado de la ventanilla. Me siento y veo el ala del avión y una de las turbinas. Si estirara el brazo podría tocar el ala. Las ventanitas son rectángulos con los bordes redondeados, tienen doble vidrio y unas perforaciones que parecen hechas con un alfiler. Es la primera vez que las veo. A eso también lo podría googlear.

Flight AC 093 EZE-SCL. El avión es un Boeing 767, un modelo diseñado en Estados Unidos que tuvo su primer despegue en el año 1981. Hoy estos aviones son los que usan las aerolíneas comerciales, tienen dos motores, tres hileras de asientos separadas por dos pasillos y viajan a 853 kilómetros por hora.

Mi asiento no se reclina lo suficiente, es como viajar en un colectivo. El respaldo de adelante está cerca y tiene un revistero con cuatro revistas. Una que describe destinos turísticos en francés e inglés. Otra es un catálogo de productos que puedo comprar desde el avión sin pagar impuestos. Otra es la carta de lo que puedo adquirir en el mismísimo avión (desde un plato con frutas y queso brie hasta un labial Revlon). Y la última es la guía de qué hacer o no hacer en caso de accidente aéreo. Todo explicado en dibujos de hombrecitos blancos con chalequitos salvavidas amarillos y mucha agua alrededor.

Después de unos minutos, y de algunas advertencias, despegamos. De golpe el mundo se convierte en una maqueta con cuadraditos en distintos tonos de verde, marrón y blanco. Veo que estamos en diagonal, por suerte es una diagonal ascendente. Unas nenas gritan y se ríen cada vez que se me revuelve el estómago. Me da impresión.

Las azafatas ya no hacen la explicación de las salidas de emergencias, ahora reparten auriculares y ponen un video que se reproduce en pantallitas táctiles de 8 pulgadas frente a cada pasajero. Terminado el video (que nadie ve), se puede elegir entre películas viejas o capítulos salteados de series para ver. Al lado mío no hay nadie, entonces pongo Chicago… It’s good, isn’t it grand, isn’t it great. Isn’t it swell, isn’t it fun, isn’t it nowadays. Pero antes de que Roxie Hart llegue a la cárcel me duermo. Sí, de nuevo.

Me despierta un anuncio en inglés, seguido por uno en francés, seguido por otro en un español muy atravesado. Estamos llegando y hay que ponerse los cinturones. Afuera sólo se ven nubes y el ala del avión apenas se distingue entre tanto blanco.
Cuando me despabilo veo que las ventanillas tienen como unas estrellitas de hielo. Según la información del vuelo que muestra mi pantallita, ahí afuera la temperatura es de -13.0 grados Fahrenheit, es decir, -25 grados Centígrados. Eso explica las estrellitas de hielo. Estamos a diecinueve mil pies de altura, que serían casi seis mil metros, que serían ochenta y cinco torres del Monumento a la Bandera alineadas. Ya hicimos 832 millas y faltan 33 más. Recién me dijeron que una milla son 1,6 kilómetros.
Los asientos ya están en posición vertical y las mesitas plegadas en los respaldos. Las azafatas pasan a controlar y después desaparecen. Empezamos el descenso. Busco la complicidad de las nenas que gritaban y se reían pero están viendo La Sirenita y no dicen ni mu. El avión se sacude y se escapa de las nubes, por primera vez se ve la cordillera. La nieve brilla porque el sol está atrás de las montañas, es como los dibujos que hacía en la escuela. Las estrellitas de hielo se convierten en gotas de agua. La pista se acerca. El avión se vuelve a sacudir. Aterrizamos.

El Aeropuerto Internacional de Santiago lleva el nombre del fundador de la Fuerza Aérea de Chile: Comodoro Arturo Merino Benítez. En mi celular son casi las seis de la tarde pero acá son las cinco. El 14 de mayo de este año, por decreto del Ministerio del Interior, los relojes de Chile Continental retrocedieron una hora. A esos sesenta minutos de viaje en el tiempo le adjudican la disminución de delitos y accidentes de tránsito, el ahorro de energía y en gastos de salud pública y educación y mayor presentismo en las escuelas. En agosto Argentina y Chile volverán a tener la misma hora.
Avanzo. Voy siguiendo a los que venían en el avión conmigo. El piso brilla. Unas cintas forman un caracol que ordena el recorrido de las filas para hacer el ingreso al país. Las chicas que están delante mío hablan en un inglés cerrado y no les entiendo nada. Avanzo. La Policía de Investigaciones y Control Migratorio pone otro sello en mi pasaporte, la tinta es azul y roja como la bandera. Me dan una “Tarjeta única migratoria” que es un ticket con un código QR que voy a tener que presentar cuando vuelva a la Argentina. Me piden que me saque los lentes para la foto, acá no hay que marcar el dedo y el trámite demora lo mismo que en Ezeiza. En treinta segundos voy a buscar mi equipaje.
Cruzo el free shop y leo un cartel: “No importa de dónde vengas, protege a Chile del ingreso de plagas y enfermedades”. Antes de bajar del avión nos dieron una ficha del Servicio Agrícola y Ganadero para completar. Hago una tilde en el cuadradito que dice: “Declaro traer conmigo uno o más productos de origen vegetal o animal”.

-¿Qué declara?
-Una caja de alfajores y un paquete de yerba.
-¿Yerba mate o yerba-yerba? El ¿oficial? me hace una seña con la mano, como si estuviera acercando y alejando un porro imaginario a su boca.

Otra vez todo pasa por escaners, incluida yo. No hay perros, pero sé que suele haber. Esto es lo último. Después de casi doce horas de traslados, esperas y controles: llegué. A un par de metros un cartel indica la salida de los arribos internacionales. Se empieza a sentir el frío de afuera. Me ofrecen taxis y cambio de divisas. Hay una puerta corrediza y veo gente atrás de unas vallas. ¿Me van a esperar con un cartel que diga Ñ, no? Le dije en un audio a Ale antes del viaje. Ella no lo respondió. Porqué Ale y Adriano me dicen Ñ es otra historia. Lo importante es que están ahí con el cartel.