Acceso agua bendita

Acceso agua bendita

Por Tomás Viú

Ilustraciones: Pi Viú

Apuntes de un viaje al barrio Rucci, el Fonavi y la misa de las siete de la tarde.

A medida que el colectivo se aleja del centro las casas son más bajas y prácticamente no hay edificios. El campo de la mirada se amplía, las esquinas son más abiertas y los anuncios de los comercios se escriben con tiza en los pizarrones. Las veredas son relativas: cuando llueve se inunda y se embarra. Empiezan a aparecer algunos edificios, de los que no hay en el centro. Todos iguales: mismas entradas, mismos colores, mismos balcones. Son los barrios Fonavi, conjuntos habitacionales construidos en los márgenes de las grandes ciudades como Buenos Aires, Córdoba y Rosario.

El barrio Rucci está compuesto por 2040 viviendas distribuidas en edificios de planta baja y tres pisos. Cuando empezó a construirse en 1973, Perón era Presidente por tercera vez y José Ignacio Rucci, sindicalista y líder de la CGT, era asesinado. La construcción de las viviendas tardócinco años.Cuando fue la inauguración Perón ya estaba muerto, había tomado la posta Isabelita, había operado la triple A, habían dado el golpe los militares y trataban de tapar el sol con las manos y el terrorismo de Estado con un mundial de fútbol. El barrio se inauguró con el nombre Primero de Mayo pero todos lo conocen como barrio Rucci. En este barrio está la Iglesia Natividad del Señor, conocida como la iglesia del Padre Ignacio, uno de los curas sanadores más famosos de Argentina que en el último vía crucis de semana santa convocó a trecientas cincuenta mil personas.

En el sector derecho del hall de entrada a la parroquia hay una santería. Del lado izquierdo, la oficina de informes y un pasillo que conduce a los baños. Adentro de la iglesia los ventiladores están apagados. A los costados y al frente hay cuatro aires acondicionados. La misa no se suspende con los calores del verano.

Veinte personas esperan la misa de las siete de la tarde. Un tipo apoya los codos sobre el recodo de madera y los pies, separados del suelo, sobre el escalón que tiene el banco. Apoya una mano sobre la otra. Mira al frente, espera. Más allá dos personas también esperan, abrazadas. Aunque estén de espaldas, por las tinturas en los cabellos y los cortes de pelo infiero que las mujeres tienen más de cincuenta años. Una persona entra, se agacha y hace la señal de la cruz de manera exagerada. Mira hacia arriba buscando el cielo, como los jugadores cuando se besan el escudo de la camiseta después de hacer un gol. Pertenecer.

Ahora hay cerca de setenta personas. Dos mujeres en el estrado lateral esperan. En unos minutos una de ellas hablará, dará el saludo correspondiente, presentará los distintos momentos de la eucaristía y cantará algunas canciones acompañada de la otra mujer que tocará una guitarra eléctrica blanca. Alguien se acerca al altar con una caja de fósforos y enciende dos velas. Entra el cura y confirmo lo peor: no es el Padre Ignacio.

Cuando termina la misa, salgo de la parroquia y veo que en el costado derecho hay una entrada que dice “Acceso agua bendita”. Ocho personas esperan en fila con uno o dos bidones vacíos en la mano. Enfrente, por la calle lateral hay un señor que espera sentado, casi dormido. Está rodeado de bidones vacíos. Cuando me acerco me saluda con una pregunta.

– ¿Bidones, maestro?

– ¿Cuánto están?

– 40.  

La Galería del Terror

la galería del terror

Crónica sonora | Por Gisela Curzi, Samira Figueroa y Andrés silvestri

Fotos: Tomás Viú

Las galerías de Rosario fueron lo que ya no son. Entre locales vacíos y tangas de chocolate, un hombre camina la galería San Martín sin saber lo que busca.

"Los pasajes son casas o corredores que no tienen ningún lado exterior, igual que los sueños."
Walter Benjamin
El libro de los pasajes

Bifes, trompadas y aguas curativas

bifes, trompadas y
aguas curativas

Por Nicolás Farina

Fotos: Archivo

¿Cuáles son los personajes de un barrio? ¿Cómo se construyen los recuerdos? Esta crónica está hecha de fragmentos, retazos, secuencias de pura acción. A partir de la historia oral se armó un relato coral con personas que marcaron el ritmo de la zona sur de Rosario en los siglos XIX y XX. Una historia que es como la vida pero sin los momentos aburridos.

Lejos, bien al Sur

Arijón tenía un sueño, y ese sueño era hacer dinero. ¿Era creativo? ¿Era laburante? ¿Desde la pobreza se alzó con una inmensa fortuna? Claro que sí a todo. Arijón era un visionario: donde veía que podía producir dinero, ahí estaba. Contratar gente más pobre que él para que haga la carga y descarga de los Trenes Argentinos fue una muy buena idea. De origen español, se asentó en Rosario pasado el 1850. De peón en un almacén pasó a ser el dueño de varias hectáreas vírgenes de la zona sur de la ciudad. Vendió caballos, vendió alfalfa, vendió ladrillos, vendió arena, vendió, vendió y vendió. Desmalezó el terreno, lo dividió en lotes, los puso a la venta y trazó caminos precarios. ¿Quién se iba a ir a vivir tan lejos? La oligarquía de la ciudad. Su idea era construir un barrio residencial, con casas de fin de semana. ¿Pero cómo lograrlo? Construir un balneario, un conjunto de piletones individuales para hacer baños de inmersión, parecía otra buena idea. Piletones que eran rellenados con un brazo artificial y una compuerta que se abría para que ingrese el agua del arroyo Saladillo. ¡Brillante! Y más si se aseguraba que el agua era curativa. Arroyo Saladillo, sal, arroyo salado, diversos minerales, yodo, analgésico. Manuel Arijón aseguró que a él le ayudó con la artrosis. ¿Vendió terrenos? Sí, muchos. ¿Se construyeron palacios? Sí, majestuosos; todavía hoy algunos se pueden observar. ¿Hizo dinero? Sí, él, su hermano y toda la familia. Y mucho. ¿Pero cómo conectar el centro con el sur? Aprovechó el trazado, difícil denominarla calle, del viejo Camino Real. Era el camino que bordeaba el río Paraná para no perderse hasta Buenos Aires. Era el camino que se transitaba para llegar al Alto Perú. Poner tranvías a caballo que te llevaban desde la plaza López hasta los “Baños del Saladillo”, parecía otra buena idea. ¡¿Y por qué no un vapor?! Si había gente con plata que podía pagar un barco.

Pegaba y recibía

¿Sabe escribir? No. ¿Sabe leer? No. ¿Sabe manejar? No. ¿Sabe nadar? No. ¿Tiene algún oficio? No. ¡¿Pero qué mierda hizo en su vida?! ¿Sabe hacer algo? Sí, sé boxear.

Se encontraba en Concepción del Uruguay y le había llegado la hora de la colimba, el servicio militar obligatorio. A los militares no le gustaban aquellos que no sabían hacer nada, pero sí tenían una extraña atracción por quienes eran buenos en actividades físicas. Y él lo era. Jamás se había entrenado, o quizás sí, pero no por las vías comunes. Su maestro fue la calle. Sabía pegar, y pegaba muy bien, pero también sabía recibir, y recibió muchas veces. Le pegaba a los hinchas de Rosario Central, le pegaba a otras barritas, le pegaba al que le molestaba, le pegaba a los que molestaban a su familia, le pegaba a los que molestaban a sus amigos, recibía de los curas, recibía del papá (cuando lo veía), recibía de los hermanos, recibía de las familias a las que fue regalado, recibía de otras barritas, recibía de los hinchas de Rosario Central. Pegaba y recibía. En Entre Ríos tuvo catorce peleas y las ganó a todas. Pasó la colimba con privilegios, salía con los militares a clubes, hizo vínculos con el intendente y ganó plata. Debe ser la única persona que volvió con plata, empleo, y contento, del servicio militar. Su empleo era ser boxeador. Vos que te estás peleando todo el día ¿por qué no te hacés boxeador?, le gritó un día un vecino. Y lo hizo.

Llegué a la Mandarina, antigua plaza con un monumento a Eva Perón, y él me estaba esperando. Los jubilados del Sindicato de la Carne me dijeron que vaya a hablar con él. Tiene muchas anécdotas, todos resaltaban lo mismo. Su casa está pegada al Sindicato. Más que una casa parece un garaje: es angosta y tiene un gran portón para que pueda entrar una chata. “Gracias Dios mío” dice la parte superior de la casa. Él agradece a Dios porque se pudo comprar la casa que siempre quiso. Hizo poner ese lema hace veinte años, y ahí sigue. La hija me hace pasar, aparece el boxeador. Pechera ajustada de Newell´s, unos cortos de fútbol, zapatillas deportivas, todos los días corre entre ocho y doce kilómetros. Volvía de correr. Tiene sesenta y ocho años y no le tiene miedo a la vejez, no le tiene miedo a nada, sólo extraña a su esposa. El ERP me perseguía, me cuenta. El ERP es el Ejército Revolucionario del Pueblo, me cuenta y se ríe. Me ponían: “Resorte, el ERP te vigila” en las paredes, mi esposa lloraba pero yo le decía, vendrán y me matarán, o los cagaré a trompadas. Yo pienso así la vida.

Sin preguntarme cómo me llamo ni dejarme hacerle una pregunta, me muestra su antigua bata de boxeo y los trofeos y medallas que ganó. Le gusta hablar y a mí me gusta escuchar. Funcionamos bien. Una vez lo llevaron a pelear al Luna Park, mientras me cuenta la historia, con la mano derecha se tapa el ojo derecho, estaba haciendo la revisación médica y el doctor le dice que se saque la mano y lea las letras, si no acertaba no le iban a permitir pelear. ¡Sáquese la mano y tápese el otro ojo! (con el ojo izquierdo veía bien, por eso se tapaba el derecho). ¿Qué dice ahí? (no pegó una sola letra, ninguna). ¡Pero usted no ve nada! Es que no sé leer, respondió.

Yo estoy vivo gracias al boxeo, el boxeo me dio todo, dice el boxeador y se le caen las lágrimas. Campeón rosarino en el 72, luchó contra los grandes, tumbó a Campanino, enfrentó a Ramón de la Cruz, lo mataron a golpes, pero él iba por el dinero, para ayudar a su familia y su barrio, dice el boxeador. 

 

Pedro “Resorte” Berón. Año 1972. Pelea contra Escauriza por el título rosarino. – Foto: Daniela Berón.

Peronista de Perón, treinta y tres hermanos de madres distintas, mamá muerta, padre que lo regalaba, devuelto por ser un salvaje, peleas callejeras, orfanato, no fue a la escuela, trabajó en el Swift en la peor área, el guano, con todo el desperdicio y el olor que se le impregnaba, trabajó de chofer en el tranvía la K, trabajó de matón para el Sindicato de la Carne, pero, sobre todo, trabajó de boxeador. Pedro “Resorte” Berón, el boxeador del Barrio Saladillo.

Nalga, cabeza de lomo, cuadril

Pibe, nosotros nos queremos olvidar del Swift y vos nos venís a preguntar. Nora no tiene pelos en la lengua y cada dos palabras le sale una puteada. Los capataces eran unos hijos de puta, los dueños eran unos hijos de puta, varios compañeros eran unos hijos de puta; trabajar ahí era una tortura, había muchos hijos de puta. En 1924 la empresa multinacional Swift se instala en la desembocadura del arroyo Saladillo en el Paraná. Aquello que era un barrio residencial fue invadido por rubios pobres que escapaban de sus países. Polacos, lituanos, rusos, yugoslavos, eran buenos para resistir las bajas temperaturas de las cámaras frías de la fábrica. Quizás de allí nacieron los “negros de alma”, aquellas personas que tienen todos los “defectos” de los negros, excepto su color de piel. Los ricos rosarinos huyeron a sus nuevas mansiones en el norte.

¡Venite!, ¡venite!, vos viejo ¡venite!, dale venite y contale, gritaba El Tucumano, venite y contale cómo traficabas tangas en el Swift, el pibe quiere saber sobre el negocio de las tangas. El Viejo se acerca, pero El Tucumano, que se hacía llamar Bragueta Veloz López, no le deja decir una palabra. Sólo se escuchaba la palabra tanga, a un viejo tartamudear, la televisión a todo volumen,  a Nora y Rosa chismoseando por unos rosarinos muertos en Nueva York. Sin darme cuenta, El Viejo ya no es El Viejo, ahora es el Otro Viejo,  Nora grita contale, contale al pibe cómo vos cagabas gente, sinvergüenza de mierda, contale al pibe cómo hacías echar gente. Contale. Gritos, insultos, televisión, noticiero a todo volumen, tangas, tucumano, pava chillando, y mis risas; así es el sonido ambiente de la cocina del Centro de Jubilados del Sindicato de la Carne.

Pero no sólo vinieron rusos, polacos, yugoslavos, también llegaron inmigrantes de las provincias: criollos del Chaco, Entre Ríos, Corrientes. Criollos que manejaban los cuchillos y eran ideales para trozar y limpiar la carne. Otros eran destinados a los corrales porque eran excelentes jinetes para arrear las haciendas. En el Swift llegaron a trabajar doce mil personas. En Argentina, a partir de diez mil personas, te dan el título de ciudad. Una ciudad entera salía cuando sonaba el silbato del almuerzo. Una marea blanca, por la indumentaria, que iba en busca de un almuerzo abundante y barato. Y algún trago fuerte para volver con energía. ¿Y a dónde iban? Avenida del Rosario era un centro comercial. Si uno mira ahora con atención ve que todas las casas dan a la calle, no tienen patio delantero pero sí ventanales grandes: eran negocios. Los judíos, las sastrerías; los italianos y los rusos, panaderías; los griegos, las fondas, los comedores; los siriolibaneses, mal llamados turcos, las tiendas; y algunos japoneses, las tintorerías. Hoy no queda nada, todos los negocios cerraron.

Rectos volvíamos a la empresa, con la cabeza en alto, sin decir una palabra, para que el sereno no se dé cuenta que estábamos chupados, dice Panza Verde, otro viejo que se sumó a la charla. Hay dos teorías: una, que le dicen Panza Verde porque es entrerriano y toma mucho mate, y la otra, que en las guerras gauchas los entrerrianos se arrastraban por los yuyales. Las dos son verídicas según Panza Verde. Rosa no dice nada, simplemente confirma todo lo que dice Nora con exclamaciones y gestos exagerados: ¡aaahh!, jaaa, mmmmm, ajá, pppfff. Nora sigue enojada y puteando. Se quiere ir a pagar el agua antes de que cierre el Rapipago. Llegamos al Swift por necesidad de trabajo, me dice. En esos momentos uno se paraba en la puerta y el jefe de personal decía: vos, vos y vos. Nora va señalando a los de las mesa, tuvimos suerte. Y adentro nos enseñaron a charquear. Más tarde iré a buscar qué significa charquear y me enteraré que es el trabajo que hacen los que emprolijan los cortes de carne después del deshuese. Nora sigue: estábamos en la mesa de corte, si tenías suerte ibas a cortes más magros, si no, a otros con más grasa. La que andaba con el capataz iba al lomo, todos ahí dentro se peleaban por los machos. El “Patito” la cagó a apuñaladas a la Marta que lo gorreaba. Lo cagó con un macho, la esperó afuera y la cagó a puñaladas, esa no lo gorreó más. Todos se ríen, yo también.

En vos depositamos la esperanza

¡Mamá, no quiero comer sopa de nuevo! ¿¡Quién te crees que sos, hijo de Mitre!? De algo Alberto estaba seguro, no era hijo de Mitre. Se acordaba muy bien de su papá, de su vieja casa, del taxi que manejaba, que tenía la parada en San Martín y Ayolas, de cómo puteaba su viejo cuando el intendente Carballo le hizo pintar el taxi de negro y amarrillo, de cómo se enfermó, de cómo tuvieron que vender todo e irse a vivir más al suroeste, allá, más cerca de Oroño, donde sólo había gitanos y quintas. Alberto todos los días tomaba el colectivo “la F” para llegar a su escuela que quedaba a cinco kilómetros. Que hiciera la secundaria en el colegio San José fue una buena idea para su familia, una especie de mandato familiar. Él es el más chico de seis hermanos y ninguno tuvo la posibilidad de estudiar como sus padres hubieran querido. Todos sus hermanos fueron obreros, trabajadores. Uno ha pasado por varias situaciones de la vida con los ojos cerrados, dice Alberto. No tenía ningún vínculo con los chicos de ese colegio, nunca había ido a una escuela religiosa, no compartía nada social, cultural, ni económicamente. Nosotros éramos muy pobres, me dice.

Hoy Alberto tiene sesenta y cinco años, está casado, tiene un hijo, es Licenciado en Historia, ha escrito varios artículos sobre la historia de Santa Fe, trabaja como docente en la Universidad Nacional de Rosario. Vive en una casa estilo francés de principios de siglo, con los techos con las tejas rojas como tenía en la casa donde vivía con su papá. Anda en kayak casi todos los fines de semana y abandonó el fútbol por las piernas.

¡Diarioooooo!

Jesús, el diariero, el portero, el que te recibe la correspondencia, el que tiene una copia de tu llave, el de la garita de seguridad, el sindicalista, el de barrio Tablada, el de barrio Saladillo, el que medía la calidad de la carne, el del Swift, el que te puede ayudar con la obra social, el vecino del barrio, el que conoce todos los chismes, el amigo, el que recibe regalos, el que te saluda todas las mañanas, el primero que te saluda, el que trabaja todo el año, el que no puede dejar de trabajar, el esclavo, el que tiene muchos amigos, el que no se quiere mover de esa esquina, el que quiere seguir trabajando, el que reniega, el que está grande, el que te sonríe, el que se pone contento de que hables con él.

Un día entra a su trabajo, no se sentía muy bien, estaba enfermo, pero si faltaba le sacaban los premios, no podía faltar. El Swift tenía reglas estrictas para que la gente trabaje más, mucho, y todo el tiempo. Era un laburo de esclavo. Era del control de calidad, con unos termómetros tenía que controlar la temperatura de la carne, y una vez la controló mal. Lo llamaron, le pusieron una amonestación, y cuando quiso rendir para entrar efectivo esa amonestación le jugó en contra, se quedó sin trabajo. El puesto de diariero fue una salida laboral inesperada.

Jesús tiene cerca de setenta años y sigue trabajando porque con la jubilación no le alcanza. Lo que ama de su trabajo es relacionarse con la gente, el puesto de diarios le dio muchos amigos. Lo que no le gusta es que trabaja aunque llueve o truene los trescientos sesenta y cinco días del año. A las cinco de la mañana sale a hacer los repartos para estar a las siete abriendo el puesto. Sin querer serlo se convirtió en el portero del edificio de enfrente. Mientras hablo con él, su esposa sale del edificio. ¿Vive ahí? No, tenemos llave, me dice. Mete la mano en una caja y me muestra que tiene hasta la correspondencia del edificio. Ellos usan el baño del edificio, les abren a los gasistas, electricistas, reciben la correspondencia y miran quiénes entran y quiénes salen.

Jesús conoce a todo el barrio, todos los chismes, todas las caras. Pero no todas las relaciones han sido buenas. Hace un tiempo plantó varios árboles a lo largo de calle San Martín entre Rueda y Virasoro, donde tiene su puesto de diarios. Una mañana cuando va a abrir el negocio se encuentra con que los árboles se estaban muriendo. Los mecánicos y vendedores de repuestos de motocicletas no querían más sombra, querían que sus publicidades se vean en la calle, les estaban tirando alquitrán. Llamó a los medios. Los diarios y canales locales fueron a entrevistarlo. Se convirtió en el loco de los árboles. Todas las mañanas le pegaban carteles con fotos de él y apodos: era “el arbolero”. Los árboles murieron. Jesús salió en la televisión. Casi muere en el Swift por una neumonía que se agarró en la cámara de frío. Jesús sigue abriendo el puesto de diarios de domingo a domingo desde hace veintisiete años.

Historiador se busca

Tocaba timbres. Casas bajas, chalecitos, todas con problemas de pintura y , probablemente, de humedad. Un barrio tranquilo, con algunos perros callejeros bien gordos, esos que tienen collares con nombres y varios dueños. Seguía tocando timbre, nadie me daba la respuesta. Preguntaba por el historiador del Saladillo, no sabían de quién les hablaba, pero sabía que vivía por ahí, por lo menos eso me habían dicho. ¡Monzón! Así era el apellido, por fin me lo acordé. ¿Monzón? me dijo una quiosquera, ¿el electricista? No, el historiador, le contesté. Entonces no lo conozco, el Monzón electricista vive allá, y para allá fui. Y efectivamente era Monzón, el historiador de barrio Saladillo. Y efectivamente era electricista. ¿Electricista e historiador? Sí, y músico. ¿¡Músico!? Sí. Técnico electricista, guitarrista y cantante, y licenciado en historia. Se jubiló de docente, claro, de docente en historia. ¡No! Daba cursos de electricista, cursos de oficios, para el Ministerio de Educación. ¿No me digas que también trabajó en el Swift? Sí,  fue su primer trabajo, hasta que pudo vivir de la música.

Alfredo Monzón me abre la puerta de su casa. Es alto, muy alto, tiene el pelo largo y un look juvenil, imposible pensar que tiene setenta años. Lleva una remera de Concordia, allá conoció a su esposa. Es amable, muy amable, me hace entrar a la casa, y casi pateo a Minimini, un conejo blanco con algo de sobrepeso que se la pasa durmiendo y roncando. Pensé que era un peluche. Me asusté cuando arrancó a correr y se dio de lleno la cabeza contra la puerta. Alfredo jamás la cierra, se lamenta de no haberla dejado un poco abierta.

Vine en busca de un poco de historia y me encontré con un hombre que fue una estrella de rock entre los 60 y 70. En The Black Panthers era guitarra y segunda voz. Tocó en el estreno de Canal 5 Rosario. Se la pasaba de martes a domingo tocando en diversos boliches. En aquellos tiempos la gente comía y tomaba cuando pasaban la música grabada y bailaba cuando arrancaban las orquestas. Le pregunto si hizo plata, me dice que sí, que hizo mucha y la gastó en boludeces. Tenía como quince pares de zapatos, diez trajes, veinte camisas: vivía el presente. Fanático del folclore, las guitarras eléctricas y The Beatles, que le volaron la cabeza. Entre fotos e imágenes de Arijón, los “Baños del Saladillo”, la vieja estructura del Swift, me muestra sus discos de vinilo. Grupo Samanta fue su última banda. Después volvió a la electricidad y arrancó el estudio en historia. El viernes presenta un libro: “Historia del Saladillo”.

Crónica de vuelo.

Crónica de vuelo

Por Clara López Verrilli

Fotos: Clara López Verrilli

Sobre lo que sucede yendo de un punto "A" hacia un punto "B"

“A las 6:10 del día domingo el servicio de Tienda León pasará por su domicilio en calle Maipú al 1500 para su traslado Rosario-Ezeiza…”
Casi no dormí por miedo a no escuchar el despertador. Puse cuatro alarmas en el celular y las puse mucho más fuerte de lo que acostumbro.
Fue la primera vez que me despertó una alarma saturada.

En el Tienda León sí dormí. Pero antes me dieron un paquete de ¿desayuno? que tenía un jugo de naranja, unos sanguchitos de miga (de esos que vienen en un pack de 3) y un caramelo. Lo más grande era un sticker de un León anaranjado. Pensé en postearlo con la frase “A Lannister always pay their debts”, inmediatamente me pareció una pavada y apagaron la luz.
En el colectivo viajamos cuatro mujeres más los dos choferes. Todo un colectivo, todo un viaje, para cuatro personas. Con razón te cobran así.
“Vamos a parar quince minutos a cargar combustible. Pueden bajar para ir al baño” No sé en qué momento dijeron eso. Yo lo escuché pero ni abrí los ojos. Cuando me desperté ya estábamos en el aeropuerto. Sentía que mi cara ocupaba el doble de espacio y no veía nada. Había una niebla que parecía un filtro de Instagram.
Bajé última (no era difícil) y me dieron mi equipaje. Cuando viajo (que no es muy seguido) uso palabras como “equipaje” con mucha naturalidad. “Abordar” es otra (pero para eso faltaban 5 horas).

Entre Buenos Aires y Santiago de Chile hay mil cuatrocientos kilómetros. Viajando por la Ruta Nacional Nro. 7 se estima un viaje de quince horas y cincuenta y siete minutos. Si todo va bien yo voy a llegar a Santiago después de un vuelo de una hora cuarenta.

El desk de Air Canada no está habilitado todavía. Como no había tránsito llegamos al aeropuerto a las 10.15 y no a las 11. El ckeck-in y despacho de equipaje se podrá hacer a partir de las 13 horas. “Lo mejor que te puede pasar en un aeropuerto es hacer tiempo”, me dice Ale en un mensaje de WhatsApp. Ella me espera junto a Adriano y Olivia en Santiago.

 

Empieza a llegar gente. Primero un matrimonio con dos nenes, después un grupo de gente más grande, después unas seis chicas que se despiden de otras dos que las acompañan y les sacan fotos, uno con una guitarra, dos chicos super rubios. ¿Dónde es el check-in de Air Canada? ¿No hay nadie todavía? ¿A las 13 recién? A los primeros les respondo, después evito el contacto visual. Todos empiezan a ponerse en una fila que empecé sin darme cuenta.

 

“Andá y yo te espero, tengo mi libro” dice una mujer levantando una revista de crucigramas. Unos hermanos se pelean, luchan, el padre los mira y no dice nada. Pasa un grupo de azafatas con trajecitos azul marino y corbatones rojos. Sus zapatos son todos iguales. Clásicos. Azules. Con un detalle a la altura del tobillo en color rojo. Divinos. Todas llevan una valijita con ruedas y encima una cartera cuadrada. Todo lo llevan de la misma manera. ¿Les dirán cómo se tienen que mover? Seguramente. Hablan español pero no es castellano. Acompañan a tres pilotos. Se ríen. Inmediatamente me acuerdo de la película Atrápame si puedes y de Anita Miller en Almoust Famous. Pasa el tiempo y me sigue gustando ver esa película. Estoy ansiosa, ya son casi las 13 y me gustaría tener otro trío de sanguches.

 

Empieza a haber movimiento. Todos miran para todos lados y hablan más fuerte. ¿Vos sos la primera?, me preguntan, pasaporte, me piden.

– Tu mochila es muy grande, la vas a tener que despachar

– Pero otras veces la llevé arriba

-Probala allá y si yo veo que entra la podes llevar con vos

(Ya sé que no entra. No sé para qué intento meter una mochilota de casi cincuenta centímetros en un armazón de casi cuarenta). La despacho. Me preguntan si tengo objetos punzantes, líquidos o geles inflamables. Un “no” verdadero a lo primero y un “no” falso a lo segundo. Confirmo que mi asiento es el que elegí en internet y me dan mi ticket de embarque. “Subiendo la escalera mecánica, a la derecha llegas a migraciones”. Son las 13:05 y antes de subir está McDonald’s.

 

Para el control de aduana hay que sacarse los zapatos y el abrigo. Pasar el bolso de mano por un escáner mientras uno pasa por un detector de metales. Todo parece berreta en este control. Una oficial me cachea, es como entrar a la cancha pero todo es más oscuro. La luz es amarillenta, podría ser de noche. Me siento en un banco a atarme los cordones. Veo algo parecido a una urna de acrílico llena de tijeritas escolares, alicates y limas metálicas. Avanzo a migraciones, el siguiente control. Acá es donde te ponen el sellito en el pasaporte, te sacan una foto y te toman la huella dactilar (esa que implementó Randazzo y que hace que en 28 segundos completes el trámite que antes se hacía llenando la tarjeta de migraciones). Treinta segundos más tarde estoy caminando en el free shop hacia la puerta número 10.

 

Hay varias hileras de asientos. El piso está alfombrado en color gris con manchas azules y rojas. Sobre esa alfombra hay dos nenas que dicen estar haciendo gimnasia. Yo sólo veo que están apiladas. “Está todo lleno de microbios” les dice la madre. El padre les saca fotos con el celular. Suena una música insoportable. Una chica que está sentada a mi derecha se sabe todas las letras. Las canta, moviendo los labios, sin hacer sonidos. Yo veo los aviones y los carritos y los colectivitos que circulan por ahí abajo. En toda la sala hay un solo libro. Hay once personas mirando pantallas. Un hombre se acerca a ver los aviones. Los que trabajan ahí abajo tienen chalecos de esos fosforescentes naranjas y verdes. Están agrupados por color, parecen de dos equipos. Una chica busca un enchufe para conectar su celular. Se sienta al lado mío. De a ratos manda mensajes en cuclillas. Busco chicles que por suerte traje (un alfajor sale 65 pesos acá). Uso mi alcohol en gel no declarado y hago esta lista en mi anotador. Hay dos sillas de ruedas y un paraguas.

Llega el avión. Es celeste con las alas blancas, simpático. Es como un dibujito animado, parece que tiene una cara. Veo hipnotizada como le conectan lo que en un ratito vamos a usar como puente. Empieza a bajar gente, baja un equipo de ¿fútbol?, todos con sus conjuntos de gimnasia iguales con un escudo de rayas blancas y rojas verticales bordado. Tendría que googlearlos para saber quiénes son. Bajan las azafatas con otros trajecitos y suben los de los chalecos verdes con baldes y aspiradoras.

 

“Su atención por favor, bienvenidos al vuelo de Air Canada 093 destino a Santiago de Chile y Toronto, invitamos en este momento a embarcar por puerta número 10 a pasajeros de línea ejecutiva, lead, super lead…”

 

Espero mi turno y subo. Atravieso medio avión hasta llegar a la clase turista y busco mi asiento. Ojalá no me toque nadie al lado, pienso. Fila K butaca 16, del lado de la ventanilla. Me siento y veo el ala del avión y una de las turbinas. Si estirara el brazo podría tocar el ala. Las ventanitas son rectángulos con los bordes redondeados, tienen doble vidrio y unas perforaciones que parecen hechas con un alfiler. Es la primera vez que las veo. A eso también lo podría googlear.

Flight AC 093 EZE-SCL. El avión es un Boeing 767, un modelo diseñado en Estados Unidos que tuvo su primer despegue en el año 1981. Hoy estos aviones son los que usan las aerolíneas comerciales, tienen dos motores, tres hileras de asientos separadas por dos pasillos y viajan a 853 kilómetros por hora.

Mi asiento no se reclina lo suficiente, es como viajar en un colectivo. El respaldo de adelante está cerca y tiene un revistero con cuatro revistas. Una que describe destinos turísticos en francés e inglés. Otra es un catálogo de productos que puedo comprar desde el avión sin pagar impuestos. Otra es la carta de lo que puedo adquirir en el mismísimo avión (desde un plato con frutas y queso brie hasta un labial Revlon). Y la última es la guía de qué hacer o no hacer en caso de accidente aéreo. Todo explicado en dibujos de hombrecitos blancos con chalequitos salvavidas amarillos y mucha agua alrededor.

Después de unos minutos, y de algunas advertencias, despegamos. De golpe el mundo se convierte en una maqueta con cuadraditos en distintos tonos de verde, marrón y blanco. Veo que estamos en diagonal, por suerte es una diagonal ascendente. Unas nenas gritan y se ríen cada vez que se me revuelve el estómago. Me da impresión.

Las azafatas ya no hacen la explicación de las salidas de emergencias, ahora reparten auriculares y ponen un video que se reproduce en pantallitas táctiles de 8 pulgadas frente a cada pasajero. Terminado el video (que nadie ve), se puede elegir entre películas viejas o capítulos salteados de series para ver. Al lado mío no hay nadie, entonces pongo Chicago… It’s good, isn’t it grand, isn’t it great. Isn’t it swell, isn’t it fun, isn’t it nowadays. Pero antes de que Roxie Hart llegue a la cárcel me duermo. Sí, de nuevo.

Me despierta un anuncio en inglés, seguido por uno en francés, seguido por otro en un español muy atravesado. Estamos llegando y hay que ponerse los cinturones. Afuera sólo se ven nubes y el ala del avión apenas se distingue entre tanto blanco.
Cuando me despabilo veo que las ventanillas tienen como unas estrellitas de hielo. Según la información del vuelo que muestra mi pantallita, ahí afuera la temperatura es de -13.0 grados Fahrenheit, es decir, -25 grados Centígrados. Eso explica las estrellitas de hielo. Estamos a diecinueve mil pies de altura, que serían casi seis mil metros, que serían ochenta y cinco torres del Monumento a la Bandera alineadas. Ya hicimos 832 millas y faltan 33 más. Recién me dijeron que una milla son 1,6 kilómetros.
Los asientos ya están en posición vertical y las mesitas plegadas en los respaldos. Las azafatas pasan a controlar y después desaparecen. Empezamos el descenso. Busco la complicidad de las nenas que gritaban y se reían pero están viendo La Sirenita y no dicen ni mu. El avión se sacude y se escapa de las nubes, por primera vez se ve la cordillera. La nieve brilla porque el sol está atrás de las montañas, es como los dibujos que hacía en la escuela. Las estrellitas de hielo se convierten en gotas de agua. La pista se acerca. El avión se vuelve a sacudir. Aterrizamos.

El Aeropuerto Internacional de Santiago lleva el nombre del fundador de la Fuerza Aérea de Chile: Comodoro Arturo Merino Benítez. En mi celular son casi las seis de la tarde pero acá son las cinco. El 14 de mayo de este año, por decreto del Ministerio del Interior, los relojes de Chile Continental retrocedieron una hora. A esos sesenta minutos de viaje en el tiempo le adjudican la disminución de delitos y accidentes de tránsito, el ahorro de energía y en gastos de salud pública y educación y mayor presentismo en las escuelas. En agosto Argentina y Chile volverán a tener la misma hora.
Avanzo. Voy siguiendo a los que venían en el avión conmigo. El piso brilla. Unas cintas forman un caracol que ordena el recorrido de las filas para hacer el ingreso al país. Las chicas que están delante mío hablan en un inglés cerrado y no les entiendo nada. Avanzo. La Policía de Investigaciones y Control Migratorio pone otro sello en mi pasaporte, la tinta es azul y roja como la bandera. Me dan una “Tarjeta única migratoria” que es un ticket con un código QR que voy a tener que presentar cuando vuelva a la Argentina. Me piden que me saque los lentes para la foto, acá no hay que marcar el dedo y el trámite demora lo mismo que en Ezeiza. En treinta segundos voy a buscar mi equipaje.
Cruzo el free shop y leo un cartel: “No importa de dónde vengas, protege a Chile del ingreso de plagas y enfermedades”. Antes de bajar del avión nos dieron una ficha del Servicio Agrícola y Ganadero para completar. Hago una tilde en el cuadradito que dice: “Declaro traer conmigo uno o más productos de origen vegetal o animal”.

-¿Qué declara?
-Una caja de alfajores y un paquete de yerba.
-¿Yerba mate o yerba-yerba? El ¿oficial? me hace una seña con la mano, como si estuviera acercando y alejando un porro imaginario a su boca.

Otra vez todo pasa por escaners, incluida yo. No hay perros, pero sé que suele haber. Esto es lo último. Después de casi doce horas de traslados, esperas y controles: llegué. A un par de metros un cartel indica la salida de los arribos internacionales. Se empieza a sentir el frío de afuera. Me ofrecen taxis y cambio de divisas. Hay una puerta corrediza y veo gente atrás de unas vallas. ¿Me van a esperar con un cartel que diga Ñ, no? Le dije en un audio a Ale antes del viaje. Ella no lo respondió. Porqué Ale y Adriano me dicen Ñ es otra historia. Lo importante es que están ahí con el cartel.

El malo.

Colaboración | Crónica sonora

el malo

por Mariana Soto

Decir Evaristo, en Rosario, es siempre algo más que decir un nombre. Durante décadas fue el nombre de la radio en Rosario: el más escuchado, el más temido, el más odiado. Mariana Soto es de otra generación: no conoce a Evaristo Monti y lo va a conocer porque tiene que hacer un perfil de él.